Por Miguel Ujeda Gálvez, Director Pedagógico de ieducando

La escuela es el 100% de nuestro futuro y representa la realidad social mejor que ningún otro contexto. Es el mejor lugar para evidenciar que la diferencia no se cuestiona; es un hecho que se impone a muchos niveles. De todo ellos el más costoso de “manejar” con normalidad, es la diferencia en términos de capacidad. Todo ello a pesar de que todos “estamos/somos” capacitados y discapacitados al mismo tiempo.

No nos gusta el término de alumnos o personas con discapacidad, aunque pueda ser correcto y comúnmente utilizado, pero para quienes en algún momento nos hemos acercado a la diferencia “etiquetada” en el contexto escolar, sabemos que muchas de esas diferencias son amplificadas por la falta de recursos, de diseños instruccionales inflexibles, agrupamientos estandarizados y, en definitiva, una educación demasiado centrada en la instrucción y el rodillo del currículo.  

El aprendizaje de todos los alumnos está condicionado por un modelo educativo donde la diversidad, pese a las siglas que proliferan como etiqueta de recursos específicos, tiene poca cabida.

El reto es enorme para maestros, profesores y familias. El aprendizaje de todos los alumnos está condicionado por un modelo educativo donde la diversidad, pese a las siglas que proliferan como etiqueta de recursos específicos, tiene poca cabida. Ocurre para los aprendices con un desarrollo “normotípico” porque todavía hay exceso de “librillo” en la instrucción, pero sobre todo ocurre en los alumnos con alteraciones del neurodesarrollo; los llamados “especiales”. Ellos tienen condicionantes muy poderosos en su aprendizaje y socialización, y el despiste en aquellos que guían su aprendizaje, salvo excepciones, es generalizado.

La irrupción de la tecnología en los contextos educativos ha sido una de las principales fuentes de recursos para atender mejor la diversidad del alumnado; para adaptar la propuesta educativa. La proliferación de recursos ha venido de la mano de los dispositivos de mano, especialmente tabletas. El hecho de disponer de un dispositivo táctil, potente y realmente portable, ha marcado la diferencia en el uso de la tecnología para este colectivo de alumnos, aunque con demasiada frecuencia el uso de estos dispositivos se vincula sólo a aplicaciones específicas y/o contenido “enlatado” frecuentemente en modelos de aprendizaje conductista que no termina de mejorar la integración ni la transferencia de aprendizajes al contexto natural; a la vida real de los alumnos.

 

La revolución llegó cuando empezamos a utilizar dispositivos móviles (smartphones y tablets) que, además de llevar incorporadas funciones de accesibilidad en sus sistemas operativos, nos permitieron incorporar aplicaciones diseñadas y desarrolladas para facilitar la adquisición de aprendizajes, la comunicación, la representación, el entrenamiento de la función ejecutiva, discriminación visual y auditiva, atención selectiva y sostenida, mejora de la concentración, la mejora de la memoria visual y auditiva, la orientación espacial, reeducación de procesos de lecto-escritura e incluso para trabajar la teoría de la mente y la anticipación, por poner algunos ejemplos.  

 

Si bien es cierto que muchos alumnos con necesidades educativas han podido mejorar su aprendizaje e integración con este tipo de aplicaciones, también lo es que el uso de las mismas ha sido mucho más frecuente en el entorno familiar y en entornos clínicos de intervención que en entornos escolares. Es frecuente encontrar dotación de dispositivos en centros educativos que caen en desuso porque nadie los administra o están desactualizados. No tanto por los profesionales especializados (orientadores, maestros de PT o audición y lenguaje), sino sobre todo por maestros y profesorado no especializado. Lo cual indica, que son recursos todavía con una escasa repercusión en la vida escolar de los alumnos.

 

Actualmente el uso de apps educativas en dispositivos de mano convive con el fuerte desarrollo de aplicaciones en la Nube. Es un hecho que en los entornos escolares más avanzados, el navegador de Internet cada vez adquiere mayor protagonismo, fundamentalmente por la necesidad de colaboración, inmediatez en la comunicación, el acceso a la información y el uso de suites de aprendizaje y productividad que no dependen de equipos locales. Por eso triunfan, entre otras cosas, los Chromebooks, por poner un ejemplo.

Es por ello que, desde nuestro punto de vista, el escenario está cambiando y necesitamos incorporar funcionalidades a la aplicaciones de aprendizaje y productividad que específicamente hagan este nuevo ecosistema accesible y “usable” por las personas con necesidades educativas especiales. La escritura por voz, la simplificación de páginas web, extensiones en el navegador que permitan usar diccionarios visuales de pictogramas, notas de voz, facilitadores de lectura sobre cualquier texto, son algunos ejemplos que están apareciendo y que permitirán que todos los alumnos se beneficien de un aprendizaje y una usabilidad que contemple la diversidad que somos. Es el caso de la extensión Read&Write de Text-Help que actúa sobre el navegador Chrome y se integra en G Suite, además de otras extensiones de accesibilidad en el navegador Chrome. Con todo, no hay muchas aplicaciones específicas y más allá de la accesibilidad sobre navegador, hay mucho camino por recorrer.