Por Miguel Ujeda, Director Pedagógico ieducando

Los profesionales de la educación vemos con cierto asombro como de repente prolifera la vocación educativa en la misión de muchas empresas, hasta ahora alejadas de este mundo educativo. A veces el asombro cuaja en admiración al ver propuestas que, además de sinceras, se aproximan a la educación con respeto y con voluntad cierta de mejorar su necesario camino hacia el cambio. Visiones abiertas y generosas que aunque realmente no lleguen a comprender la complejidad de las instituciones educativas y sus retos, son un buen soporte y partner tecnológico. Otros por el contrario, se acercan a la educación buscando un retorno casi inmediato y aprovechando los espacios de incertidumbre que permiten colocar propuestas de valor tan rentables como peregrinas. Y lo de “peregrinas” no es porque sean malas ocurrencias, sino porque no tienen vocación de quedarse mucho tiempo y fuerzan a los centros y sus educadores a un tránsito hacia no se sabe muy bien dónde.  

La educación siempre ha sido como un bote de miel y todos sabemos que quien toca el bote se “pringa”. Muchos han llegado a la educación por el bote, pero descubren que les gusta la miel. Poco a poco quedan cautivados por la magia y la intensidad con la que suceden las cosas y mudan de traje e incluso de piel para quedarse en la educación, aún después de probar otras artes más lucrativas. Otros por el contrario, siguen con el bote, fingiendo que les gusta la miel porque en realidad cuando se disuelve edulcora; descubren que en realidad la educación podría  ser un negocio  rentable.  Pero en realidad, ni siquiera les motiva el increíble proceso de elaboración que protagonizan nuestras amigas, las abejas (educadores), ni el reto al que se enfrentan nuestros alumnos al sentar las bases de su futuro.

Y mi queja, compartida con algunos cercanos, es precisamente esta: veo demasiados recién avenidos con interés en el bote cuya propuesta se centra precisamente en el cambio de envase para hacerlo menos “pringoso” y más eficiente, pero en muchos casos sin sentido pedagógico más allá de saber citar 3 o 4 tendencias del cambio metodológico o el tan manido discurso de las inteligencias múltiples o el aula invertida.

Se nota mucho cuando tienes delante propuestas con “postizo” para cubrir las calvas, y perdón por la imagen por si alguien se siente ofendido.  Siempre he pensado que lo que uno tiene y es, mejor llevarlo al descubierto y de manera honesta. Por eso, que la miel de repente guste a todo el mundo, no me lo creo.

Últimamente se convocan innumerables eventos, jornadas y congresos con vocación de trending topic donde el humo es la forma en que se subliman generalidades sin base real educativa ni demasiada reflexión pedagógica. Y no es que defienda que para hablar de educación haya que ser experto, porque es una cuestión que afecta a todos, y las aportaciones que se nos realizan desde el mundo de la empresa, de las artes o incluso del deporte son, no sólo valiosas, sino en muchos casos imprescindibles. Pero quizá el lector convenga que hay determinados foros en los que quien se sitúa en la tarima como experto en educación, realmente ve los toros desde la barrera. No se me entienda mal, no porque no de clase, sino porque no sabe lo que se cuece de veras en un colegio.

Reivindico que las apuestas por la educación tienen que ser sinceras, honestas y abiertas para todos. De hecho invito a dudar de quienes fabricaron botes con precinto y licencia y ahora le añaden la pegatina de “gratis” en un entramado de productos y servicios que requieren un mapa para saber si puede ser un buen compañero de viaje. Y lo contrario, animo a confiar en quien al menos fue apicultor o que le encanta la miel y siempre fue así o su apuesta por la educación siempre fue abierta y para todos, independientemente de que haya sido más o menos intensa. ¿No puede haber conversos entonces? Claro que sí, pero posiblemente estos conversos tengan que pagar el titubeo o el desatino con el que se acercaron a la educación con cierta desconfianza por parte de los centros. Con ello deben contar y también con demostrar, antes siquiera de dar los buenos días, que van en serio y la educación les importa.