Por Carlos Durá Herrero, profesor de Escuelas San José-Jesuitas de Valencia

Tener un bolígrafo en las manos no implica saber dibujar o escribir. Ni siquiera una cámara de fotos asegura que puedas retratar como tú quieres el mundo que te rodea. Por eso me gustaría compartir algunas reflexiones y experiencias sobre el uso de la tecnología en el aula.

Supongo que todo empieza por reconocer que tengo un problema. Que mi alumnado no aprende como me gustaría: que se se aburren, que no entienden, que se pierden. En ese momento, como cualquier docente con un mínimo de sensibilidad, comienza la búsqueda. ¿Cómo podría conseguir que aprendan más y mejor? Y aquí es donde viene el quid de la cuestión: la respuesta no siempre es la tecnología.

Soy profesor de Secundaria desde hace 20 años. Y empecé, como todo el mundo, copiando la manera de hacer de mis docentes favoritos. Las personas que sentía que me habían abierto la ventana para saltar hacia conocimientos y experiencias apasionantes se me ofrecían como los modelos a imitar.

Sin embargo, poco a poco he encontrado una voz propia. Que habla menos de mí y de lo que yo sé y más de lo que mi alumnado puede llegar a hacer.

Un buen ejemplo puede ser la escritura creativa. Cuando era pequeño, paralelamente al estudio de la literatura, tenía que escribir una página semanal de creación literaria. No había problemas con el temor al folio en blanco porque eran hojas de libretas con rayas. La tecnología de la época era el papel y el bolígrafo, increíblemente barata y útil comparada con la que tenían a su disposición nuestros antepasados. Pero compartíamos con la clase nuestras producciones en voz alta. Y entre nosotros, por el clásico método de pasar de mano en mano los textos que más nos gustaban o de los que nos sentíamos más orgullosos.

Hoy yo soy el que hago escribir a mi alumnado. Una novela corta, a imitación de los modelos realistas y naturalistas del XIX, pero ambientada en su barrio o en su escuela. La tecnología es ahora bien distinta: gracias a Google Drive, es muy sencillo ayudarles en el proceso de creación, revisando cada versión, corrigiendo faltas de ortografía o de estilo, chateando o comentando en línea… Y lo mejor: hablando en clase personalmente, con el Chromebook abierto delante, con un doc en blanco que espera a llenarse de personajes que tienen una historia que contar.