Por Miguel Ujeda, Director Pedagógico de ieducando.

El aprendizaje es un proceso complejo que implica y compromete a toda la persona y sus múltiples inteligencias. Se nutre de experiencias, adquiere profundidad cuando está anclado en un interés cierto, se desarrolla cuando transforma lo que hacemos y el modo en que lo hacemos. Este proceso complejo, merece ser celebrado; puesto en valor en la vida tanto de aprendices como de quienes acompañan y facilitan este proceso. Sin embargo, se ha hecho costumbre durante demasiado tiempo eliminar la dimensión celebrativa del aprendizaje, sobre todo en entornos escolares, a cambio de un rigor grave que eleva la calificación por encima de cualquier otra mirada.

No se me entienda mal, porque no estoy reivindicando sólo el uso de técnicas e instrumentos de evaluación que nos permitan tener una visión más completa del aprendizaje. Mi intención es poner el foco en la alegría de aprender y de guiar el aprendizaje. Una alegría necesaria para una profesión de largo recorrido y donde el único incentivo sostenible, es la verdadera satisfacción de ayudar a los aprendices a construir aprendizajes; a descubrir el tesoro que dentro de sí encierran.

Somos demasiado negativos y nos dejamos llevar por la necesidad, el voluntarismo y la exigencia, que se imponen con demasiada frecuencia en las relaciones de aprendizaje en detrimento del agradecimiento y la celebración de los logros, que no de las notas.

El punto de partida es la lúcida consciencia sobre el proceso de aprendizaje, porque no celebra quien no agradece, y no es capaz de agradecer quien no descubre y se da cuenta que tiene motivos para ello. Somos demasiado negativos y nos dejamos llevar por la necesidad, el voluntarismo y la exigencia, que se imponen con demasiada frecuencia en las relaciones de aprendizaje en detrimento del agradecimiento y la celebración de los logros, que no de las notas.

Aprender debería ser una fiesta. Fiesta en el modo en que se diseña la instrucción y se prevén experiencias de aprendizaje; fiesta en el desarrollo de las experiencias que hacen vivencial el aprendizaje y, por supuesto, fiesta en la lucidez con la que se mira todo el proceso para seguir aprendiendo, cada vez mejor.  Pero esto es imposible si nos agarramos al currículo sin hermenéutica pedagógica  y reducimos la evidencia del proceso a notas en pruebas escritas y tareas frecuentemente descontextualizadas de un sentido mayor. Es decir, si olvidamos que aprendemos para algo; de que el aprendizaje puede ser celebrado cuando el esfuerzo ha merecido la pena porque no ha dejado de tener sentido. ¿alguien se acuerda qué sentido tuvo aprender aquello de los conjuntos vacíos?

 

No voy a enumerar aprendizajes descontextualizados que en lugar de ser motivo de celebración, socaban el ánimo de los aprendices hasta dejarlos indiferentes. Parece que el aprendizaje sólo puede ser vivido en positivo cuando está lleno de sentido. Y en las sesiones de evaluación y los boletines de notas, no suele hacerse referencia al sentido de los aprendizajes, ni al proceso. Como mucho, el rigor del dato numérico se adereza con valoraciones superficiales del tipo “se está esforzando mucho, pero tiene grandes dificultades” o bien directamente hay alumnos de los que ni se habla porque van “bien” o “vuelan solos”.

Para celebrar es importante ser lúcidos y auto-evaluar constantemente. Quien no pone palabra a lo vivido, corre el riesgo de olvidar rápido y caricaturizar su propio esfuerzo y el que hacen los alumnos por aprender. Y poner “palabra” es en realidad hacer visible el modo en que aprendemos y ayudamos a que otros aprendan. Supone visibilizar y evidenciar de diversas formas, las estructuras de trabajo que se han conducido las experiencias de aprendizaje y los productos que los alumnos han elaborado. Pero además supone poder comunicar todo esto de manera integrada y con sentido. Es decir, cada aprendiz y cada educador, deben ser capaces de “contar” la historia de sus aprendizajes. Pero si lo pensamos, la única forma de hacerlo, es que estos aprendizajes adquieran sentido.

Hemos priorizar el sentido de los aprendizajes para contextualizarlos adecuadamente y merezca la pena el esfuerzo, y hemos de desplegar la creatividad para hacer visible el gran trabajo que supone aprender porque la alegría está en reconocer ese proceso y en poder contarlo. Pongo un par de ejemplos para que se entienda.

Hemos de desplegar la creatividad para hacer visible el gran trabajo que supone aprender porque la alegría está en reconocer ese proceso y en poder contarlo.

Recientemente tuve la suerte de poder asistir a un cierre de trimestre muy especial en el colegio Trilema Sagrado Corazón de Soria denominado “fiesta del aprendizaje”.  Este centro ha hecho en el último año un cambio radical en el modo en que enfoca el aprendizaje y, sobre todo, el modo en que lo comunica. Esta fiesta del aprendizaje acontece cada final de trimestre y en lugar de proporcionar a las familias un boletín donde se caricaturiza el esfuerzo de sus hijos por aprender, hacen una jornada donde se invita a las familias a conocer de primera mano todo el proceso de aprendizaje del trimestre. Los alumnos cuentan y preparan dinámicas para que sus padres entiendan qué han estado aprendiendo y transforman el centro en un enorme porfolio de los proyectos que  han vertebrado el esfuerzo por aprender donde tienen cabida las estrategias de metacognición, prototipos, elementos de síntesis, el propio porfolio de cada alumno, etc.  En resumen: celebran que han aprendido y se lo cuentan a quienes más les importa: sus padres y abuelos.

El otro ejemplo representa el modo en que recientemente una psicopedagoga en prácticas decidió comunicar a una alumna lo que había supuesto el tiempo de intervención. Independientemente del informe técnico pertinente, la alumna recibió una caja redonda, decorada con su nombre que estaba literalmente forrada por valoraciones de sus profesores acerca de sus puntos fuertes. Dentro de la caja, había un documento enrollado y decorado con los “superpoderes” de esta alumna de 7 años a la que le cuesta leer,; logros alcanzados con esfuerzo y que son motivo de celebración porque están ayudando a esta alumna a crecer, afrontar el aprendizaje con ilusión y a coger un libro cada noche por gusto. ¿Se os ocurre mejor modo de visibilizar un proceso de intervención psicopedagógica?

 

Algunas claves para celebrar el aprendizaje pueden ser:

1. Hacer “visible” el esfuerzo cognitivo por aprender de los alumnos mediante rutinas de pensamiento, prototipos, maquetas y organizadores visuales y plásticos.

2. Evaluar las evidencias de aprendizaje mediante dianas, escaleras de aprendizaje y rúbricas con el fin de contextualizar los logros y las dificultades en un proceso

3. Dedicar tiempo durante el proceso a “tomar” evidencias del mismo que luego puedan ser mostradas para reconstruir dicho proceso.

grupo celebrando.jpg

4. Crear un porfolio personal de aprendizaje que permita “volver” sobre la historia del propio aprendiz.

5. Dedicar tiempo a encontrar el sentido de lo que se aprende con dinámicas que ayuden a los alumnos a reconocer lúcidamente el valor de las acciones personales, de los compañeros y de los profesores.

6. Hacer foco en los puntos fuertes concretos para seguir aprendiendo, tanto a nivel individual como de los equipos de aprendizaje.

7. Diseñar la estrategia de comunicación a las familias involucrando directamente a los aprendices.

8. Convertir el día de entrega de notas en un momento festivo donde se abra el centro como un gran porfolio

9. El educador pare para sintetizar la experiencia, para encontrar puntos de mejora y para integrar la información de cada alumno con el fin de ser consciente del “lugar” donde se encuentra cada uno.

10. Compartir entre educadores, los logros y la ilusión por seguir guiando el reto por aprender y despertar el tesoro que los aprendices llevan dentro.

Si tienes la suerte de guiar el proceso de aprendizaje de otros, por favor celébralo.