por Miguel Ujeda, Director Pedagógico de ieducando

Todos somos aprendices a lo largo de nuestra vida y los esfuerzos que realizamos para aprender están condicionados por dos cosas que al final son una sola: la motivación por aprender y el modo en que comprometemos nuestros recursos para aprender. Todos somos hacedores de nuestro propio desarrollo en la medida que interiorizamos que el potencial de aprendizaje tiene una sólida constante que lo sustenta: la plasticidad de nuestro cerebro y, por supuesto, el potencial de admiración y el entorno de seguridad psicológica con quien afrontamos los aprendizajes.

La experiencia de los aprendices en los centros educativos, no es diferente. Para aprender precisan de seguridad psicológica y que hayamos despertado en ellos el potencial de admiración necesario para que quieran moverse; comprometerse con su aprendizaje en el que nosotros mediamos. Sus cerebros, al igual que los nuestros, están programados biológicamente para aprender siempre; no lo podemos evitar. Lo esencial para quienes somos educadores es crear las mejores condiciones para que esto suceda en la vida del niño de manera más o menos estructurada, en relación con otros y orientado a su desarrollo integral.

Pero no quiero en este artículo describir qué es eso del desarrollo integral, sino introducir la “carta de ajuste” para hacer una pausa, re-pensar y re-cordar (pasar por la memoria del corazón), lo esencial de nuestra tarea como educadores evitando básicamente 3 tentaciones:

    •  La tentación del atrincheramiento profesional. Una tentación que bloquea educadores hasta hacer que dejen de serlo. En el fondo es la tentación del ensimismamiento que bloquea nuestra capacidad de con-movernos ante la diversidad de los alumnos y nos hace caer en la necesidad de contar los días y las horas que pasamos con ellos. Esta tentación es la que desata las justificaciones acerca de nuestra valía y sitúa a los aprendices al otro lado de la barrera.

 

    • La tentación de dejarnos llevar por las incesantes demandas de aprendizajes instrumentales y caer en el agotamiento psicológico por la rápida obsolescencia de dichas herramientas. Es la tentación de confundir las herramientas que uno maneja con la destreza en el uso de instrumentos.  Los medios que ponemos en acción, han de ser discernidos antes de ser integrados, porque de no hacerlo, no hacemos la digestión, solo engullimos. Esta tentación nos hace confundir lo bueno con lo necesario y engañarnos “bajo capa de bien”, de modo que pensamos que cuanto más herramientas, técnicas y tecnología metamos en nuestras clases, mejores oportunidades para aprender tendrán nuestros alumnos. Y claro, esto termina agotando o bien generando una dependencia insana de nuevas “piruletas” o herramientas.

 

  • La tentación de no discernir el modo en que miramos y escuchamos a los aprendices para no perder nuestro norte, que como dice Mar Romera, sólo pueden ser ellos. Esta tentación es la más sutil de todas porque no se presenta de forma clara ante nosotros. Es una tentación que se esconde tras la rutina, las agendas repletas de actividad e incluso el voluntarismo. Y si bien es cierto que la voluntad puede mover la emoción, también lo es el hecho de que podemos perder fácilmente el sentido de lo que hacemos y por quién lo hacemos. Entre otras cosas, por eso en educación hay una carrera latente por ver quién gasta el ombligo más grande, tiene la cuenta de Twitter más abultada o simplemente encuentra un motivo por el que destacar. Algo que, en la mayoría de los casos, no desata el potencial de admiración de los aprendices, sino el ego de los educadores.

Todos los educadores a día de hoy tenemos que afrontar estas tentaciones y el único modo de no perder el sentido de lo que somos y lo que nuestros alumnos necesitan de nosotros, es discernir: evaluarnos constantemente de un modo lúcido con una pregunta que adoptará formas muy diversas según nuestro momento vital y profesional: ¿qué tengo que escuchar, decir o hacer para que mis alumnos escuchen, digan y hagan?